alcesverdes: Soapbox (Default)
The Cookie Fairy ([personal profile] alcesverdes) wrote2003-12-27 01:28 am

'Memorias blablabla' Capítulo Tantosmil

Er, si alguien es lo suficientemente masoca valiente como para aventarse todo lo previo, puede hacerlo aquí

Capítulo 47 - Navidad


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El total de la familia Weasley y agregados (es decir, Hermione Granger) llegaron a Padfoot's Corner, por medio de la red floo, el atardecer del veinticuatro de diciembre, dispuestos no sólo a pasar un buen rato, sino también a ver a cierto niño. El grupo incluía también a un muy sorprendido Percy. Hasta que no estaban a punto de salir de La Madriguera su familia recordó que no le habían contado nada al respecto de Harry, y aún antes de hacerlo, los gemelos lo hicieron firmar varios documentos donde hacía constar que no diría nada a nadie, so pena de sufrir una maldición por incumplimiento de contrato.

La mayoría de los Weasleys se sentían incómodos con la situación, especialmente Ron. No había visto a su mejor amigo en dos meses y, ahora que por fin sería capaz de hacerlo, en lugar de encarar a un joven de quince años encararía a uno de cuatro. Se sentía totalmente confundido. Su madre les había dicho hasta la saciedad a él y a sus hermanos que Harry era un niño muy tímido y que deberían comportarse. A punto estuvo de dejarse a los gemelos en casa, incluso, pero al final los dejó ir en pago de los pergaminos que le le habían hecho firmar a Percy.

Remus recibió a los invitados a la salida de la chimenea. Les dijo que Sirius estaba preparando a Harry, y que ya no tardarían mucho en bajar. Mientras tanto, les pidió que se pusieran cómodos y comenzaron una insustancial charla de naderías.

De pronto, una pequeña sombra negra se deslizó desde la puerta del recibidor y se encaramó de un brinco al antepecho de la chimenea. Acto seguido, dejó a un lado la bola de pelos que cargaba en el hocico y se dedicó a un ritual de limpieza como si en la habitación no hubiera nadie más que ella.

- ¿Y eso?

- Les presento a Pelusa y a Lengüíta, las más recientes adquisiciones de Harry - dijo Remus, un tanto resignado.

- Es linda - sonrió Ginny.

- ¿Las más recientes adquisiciones?

Remus les contó el resto de las aventuras de cierto niño que al parecer adoraba a los animales.

- Cuando Harry crezca de nuevo - concluyó -, necesitarán un nuevo hogar y...

- ¿Van a regalarlos?

- Por lo menos al conejo, a la kneazel y al puffskein.

- ¿Y si Harry quiere conservarlos? - preguntó Hermione.

- En ese caso, Sirius ha dicho que Harry tendrá que encargarse personalmente de ellos.

- Me parece lo justo - sentenció Molly.

- ¿Qué es justo? - preguntó Sirius, que en ese momento entraba a la habitación. El pequeño Harry venía detrás de él, agarrado de su túnica y con una de sus serpientes enredada en el cuello. Las otras dos venían detrás, cual fiel cortejo.

Se sucedió a continuación una serie de intercambio de saludos, a los que Harry respondía débilmente, excepción hecha de Fred y George, pero porque ya los conocía. Sin embargo, no tardó en soltarse un poco con el resto de los muchachos, puesto que veía que tenían la confianza de Sirius, Remus, la señora Weasley y hasta de sus serpientes.

- Y es este es Ron, es muy simpático a pesar de que a veces suele sacar dulces del baúl - decía Ethlinn -. Y ella es Hermione. Sabe muchas cosas. Y la de acá es Ginny. Ella me cae bien, me presta cuentos y una vez me regaló un moño rosa...

Haciendo todo lo posible por dejar la incomodidad de lado, los muchachos, Arthur y Sirius se dedicaron a jugar con Harry bajo las beneplácitas miradas de Molly y Remus.

Tras cosa de una hora aproximadamente, y después de frustrar algunos de los planes de los gemelos y de que Pelusa se negara a prestarles a su puffskein para que jugaran (pensando seguramente que terminarían tirándolo al fuego o algo por el estilo), Molly les sugirió que retomaran una vieja tradición Weasley, la cual consistía en que cada uno de los participantes narrara una historia. La sugerencia fue bien recibida por todos excepto por los mismos Weasley. Pero incluso ellos terminaron accediendo ante cierto tímido pero esperanzado "¡sí!"

- ¡Yo también quiero!

- No van a entenderte, Ethlinn.

- Caramelito puede traducirlo
- Ethlinn le sacó la lengua a su hermano.

- El *AMO* estará ocupado pensando en su propia historia.

- Entonces la escribiré.

- Tardarías demasiado.


Ethlinn bajó la cabeza para reflexionar, dándole a Riordan la falsa impresión de que él había ganado la partida.

- ¡Ya sé! - exclamó la constrictora de pronto, después de unos momentos - ¡Les mostraré algo que ya escribí!

Riordan frunció el ceño tanto como sus casi-inexistente músculos faciales de reptil se lo permitieron.

- Que no sea...

- ¡Serpeciento!

- ¡Agh! Ethlinn, creo que lo de Serpeciento ya es historia vieja...


Ethlinn no escuchó las palabras de Riordan, pues salió reptando tan rápido como le fue posible hacia la habitación de Harry, en donde guardaba en uno de los baúles, como un tesoro, su preciado cuento. Riordan fue tras ella.

- ¿Adónde van Eth y Riordan? - le preguntó Harry a Ceilin al ver partir a los hermanos Arach.

- Van a traer un cuento que escribió Ethlinn hace tiempo - respondió la aludida, segura de que Ethlinn se saldría al final con la suya.

- No me gusta cuando Eth y Riordan se pelean - comentó el niño.

- ¿Por qué no les dices? Si lo haces seguro dejarán de hacerlo.

- ¿Tú crees?

- Claro
- insistió Ceilin, preguntándose si sería buena idea insinuarle a Harry hasta dónde llegaba la autoridad de un parselmouth. Pero prefirió dejarlo por la paz. No estaba segura de que a esa edad el pequeño comprendiera el asunto en toda su magnitud.

Mientras tanto, Pelusa se había dado cuenta del movimiento de las serpientes y, siguiendo su instinto de cazadora fue tras ellas, recordando siempre llevarse a Lengüíta. No estaría tranquila si su juguete estaba tan cerca de esos humanos tan escandalosos.

Dichos humanos escandalosos, por cierto, se habían sentado en el suelo formando un círculo y trataban de decidir quién comenzaría.

- Empieza tú, Ginny.

- No, mejor tú.

- Creo que yo...

- ¡No! - gimió George - Percy, ¡tus historias son muy aburridas siempre!

- ¡Sí! - exclamó Fred en apoyo de su gemelo -. Se trata de entretener a Harry, no de dormirlo antes de tiempo.

- ¿Por qué le dejamos el honor a los dueños de la casa? - sugirió Hermione, en parte por educación, en parte antes de que nadie la señalara a ella.

- ¿Puedo contar yo algo? - se atrevió a preguntar Harry desde el regazo de Sirius. Ethlinn y Riordan aún no habían regresado, así que la serpiente que había tomado turno alrededor de su cuello era Ceilin.

El resto del corro suspiró aliviado y accedieron a su petición.

Así, pues, Harry comenzó a contar la historia de un pequeño príncipe de un país muy lejano que, un día que salió de caza con su padre el rey, se perdió en el bosque a causa de un espeso banco de neblina, y que era rescatado por tres brujas que lo llevaron a su cabaña. Dos de esas brujas eran buenas, pero la tercera era mala, aunque nadie lo sabía. La mala se aprovechaba de la inocencia de sus compañeras para que le ayudaran a hacer sus maldades, engañándolas, mintiéndoles, evitando que vieran el mundo por sus propios ojos. Odiaba a toda la gente, y creía que nadie la quería, sin darse cuenta de que si dejara de mostrarse tan amargada, entonces sí la iban a querer.

La única razón por la que esta bruja mala había dejado que llevaran al príncipe con ellas era porque había recordado que había un hechizo que quería hacer desde hacía mucho tiempo, el cual requería del corazón de un miembro de la familia real. Pero esta vez las otras dos se negaron, diciendo que el príncipe era una buena persona. Sin embargo, la bruja mala logró convencerlas de hacer que el príncipe lo demostrara pasando tres pruebas. La primera prueba consistió en hacerlo fregar el piso de toda la cabaña en sólo media hora. El príncipe se dedicó a la tarea concienzudamente, y mientras limpiaba la alacena, escuchó a una mosca gritar desde la tela de una araña. Compadecido, el príncipe la dejó libre. La mosca dijo sentirse muy agradecida, le dio un beso en la mejilla a su salvador y salió zumbando muy feliz por la ventana. A pesar de esa interrupción, el príncipe terminó de fregar el piso justo en el tiempo señalado, y entonces le fue asignada la segunda prueba: tenía que ir al bosque y llenar dos enormes canastos con un tipo de setas que eran muy difíciles de encontrar.

Aún a riesgo de que se enojara la bruja mala, una de las brujas buenas le pidió a su familiar, un cuervo, que le dijera al príncipe cómo eran las setas y la otra le pidió al suyo, un gato, que le dijera dónde solían crecer. Los dos familiares encontraron al príncipe cuando estaba más desesperado porque no encontraba nada, y no sólo le dijeron lo que sus amas les habían pedido, sino que lo ayudaron a llenar los canastos, y así el príncipe pasó la segunda prueba.

La bruja mala estaba furiosa, así que para la tercera prueba pensó en lo más difícil del mundo: el príncipe debía ir a la Montaña de Fuego y quitarle una escama al feroz dragón que vivía ahí. Ella sabía que el dragón atacaba a las personas sólo cuando entraban a su cueva, pero no se las comía, sino que las dejaba tiradas a un lado de la entrada. Pensaba ir y sacarle el corazón al príncipe cuando fallara la prueba.

Las brujas buenas se escandalizaron, pero le tenían demasiado miedo a la mala como para decirle que lo que hacía estaba mal, así que se contentaron con darle comida, un báculo para que se apoyara al caminar y un mapa para que encontrara la Montaña de Fuego. No enviaron a sus familiares con él porque la bruja mala seguramente notaría su ausencia, ya que la Montaña estaba muy lejos.

Después de muchos días de camino, por fin, el príncipe llegó a la Montaña. En su base había una cueva, y sólo mirar dentro daba mucho miedo, pero el príncipe era valiente y entró de todas formas.

Mientras más caminaba hacia dentro, más oscuro se ponía, pero justo cuando el príncipe creyó que ya no podría ver nada, distinguió una luz. Al seguirla se dio cuenta de que la luz provenía de cientos de lámparas mágicas colocadas al todo el rededor de una enorme cámara, la cual estaba llena de montones y montones de oro. Y al fondo estaba el dragón, echado sobre su estómago y movía el hocico como si estuviera hablando solo. Era un dragón muy grande y no se veía muy amistoso. Tratando de no hacer ruido, el príncipe se deslizó por detrás de los montones de oro para llegar hasta donde estaba el dragón.

Poco antes de que llegara, se posó en su hombro una mosca, pero no era cualquier mosca, era la mosca que él había salvado durante su primera prueba. La mosca le dijo que el dragón era amigo suyo, y que ella le había pedido que no dañara al príncipe cuando lo vio entrar a su cueva. Entonces el príncipe le dijo a la mosca que necesitaba una escama del dragón para que la bruja mala lo dejara regresar a su casa. La mosca fue y le pidió al dragón que le diera una escama, a lo que el dragón aceptó con gusto. Tenía muchas escamas y una no le haría falta. El príncipe le agradeció al dragón y a la mosca y regresó a la cabaña de las brujas con su trofeo.

La bruja mala se enojó tanto, tanto que perdió el control de su propia magia, y su cuerpo se prendió en llamas. Al cabo de un rato era ya sólo cenizas. De esta forma, las brujas buenas se libraron de ella, se fueron a vivir al castillo del príncipe y todos vivieron muy felices para siempre. Fin.

Cuando Harry terminó su relato, su audiencia permaneció en silencio por unos momentos antes de ponerse a aplaudir.

- Es un cuento muy bueno, Harry - sonrió Sirius, revolviéndole el cabello con una mano. El niño, sonrojado, esbozó una sonrisa. Nada podía hacerlo más feliz que un cumplido por parte de su padrino - ¿Dónde lo aprendiste?

Harry se puso serio y bajó la mirada.

- ¿Qué pasa?

- Te vas a enojar... - murmuró, escondiendo su cara contra la túnica de Sirius.

- ¿Qué? ¿Por qué habría de enojarme?

No hubo más respuesta que un gemido ahogado.

- Harry, dinos.

- Te prometemos que si Sirius se enoja lo ataremos a un árbol en el jardín por toda la noche - ofreció George. Su comentario hizo voltear rápidamente a Harry hacia él, escandalizado por la idea.

- No... - dijo frunciendo el ceño.

- No te preocupes, cariño, nadie hará nada en contra de Sirius - intervino Molly, a la vez que le lanzaba a su incorregible vástago una muy clara mirada de advertencia.

- Y yo te prometo que no me enojaré. Anda, dinos - Sirius comenzaba a preocuparse por la reticencia que ponía su ahijado.

Harry paseó la mirada por todos los presentes de la habitación, y como todos lo animaban a hablar, se decidió a hacerlo. Pero antes cambió el regazo de Sirius por el de Remus.

- Um... ¿te acuerdas de esa serpiente que conocí el otro día que me dijiste que no querías que me acercara a ella otra vez? Ella me lo contó y a mí me gustó y me lo aprendí - Harry terminó la confesión con un hilo de voz tan delgado que incluso Remus tuvo que inclinarse para escucharlo.

A esto siguió un nuevo par de tensos momentos. Nadie habló, pues no sabían qué podría ser prudente decir en una situación como esta.

De pronto, y como si hubiera estado esperando el pie, Pelusa entró corriendo con un pergamino en el hocico y perseguida por dos serpientes.

- ¡Oye, es mi cuento! ¡Pelusa!

- ¡Corre, Pelusa, corre!

- ¡Pelusa mala! ¿Y tú para qué se lo das, Riordan?

- No se lo "dí", sólo se lo acerqué para que lo viera...

- ¡Caramelito! ¡Dile a Pelusa que me dé mi cuento!


La kneazel se había subido a la parte superior de uno de los libreros y miraba con sus ojos brillantes y de expresión divertida a todos los que estaban abajo. A Harry no le quedó más remedio que transmitir la petición de Ethlinn a Remus. El asunto se remedió con un 'accio' que dejó feliz a una serpiente, frustrada a otra, indignada a una gata y al resto de los presentes divertidos.

- ¿Qué les parece si cenamos ya?

- Buena idea. Llamaré a Dobby...

- ¿Y dejar a Santa sin cena? - preguntó Remus.

- Uh... ¿Me había olvidado de Santa? - replicó Sirius. Todavía no se sentía muy feliz con la idea.

- ¿Santa? - preguntó Harry, coreado por el resto de los muchachos.

- Sí, Santa.

- ¿Va a venir?

- Debe estar esperando en la entrada - Molly se levantó y le tendió la mano a Harry -. ¿Vamos a ver?

Todo mundo se puso de pie y siguió a la señora Weasley y a Harry, los que no estaban en el secreto tratando de descubrir la identidad detrás de la barba. Teniendo claro, mucho cuidado de que el niño no los escuchara.

- ¿Será Hagrid?

- Lo dudo - respondió Hermione -. Hagrid se siente todavía muy apenado por lo que pasó.

- ¿Entonces, será Dumbledore?

- ¿El profesor Dumbledore? - exclamó Percy, escandalizado.

- Bueno, tiene la barba blanca y la actitud...

- No - intervino Ginny en voz aún más baja -. Mamá todavía no le perdona lo de... ya saben, así que no creo que le haya permitido participar.

- Como sea, pronto lo sabremos.

- Todavía tenemos tiempo para hacer las apuestas - Fred se frotó las manos y guiñó un ojo. Los demás simplemente miraron el cielo raso de manera teatral.

Finalmente llegaron ante la puerta. Molly la abrió mientras Harry se escondía tras ella.

Efectivamente, ahí estaba, del otro lado del umbral un hombre alto, gordo, vestido de rojo, su rostro cubierto con una masa de pelo blanco. No era Dumbledore, ni Hagrid ni nadie que los muchachos conocieran.

- Feliz Navidad - dijo. Su voz se escuchó un poco tiesa, pero fue suficiente para hacer salir a Harry de detrás de las piernas de Molly. Parecía tener la intención de abrazar a Santa Claus, pero se detuvo poco antes de llegar ante él, justo cuando Santa retrocedía inconcientemente un paso. Al mismo tiempo, se escucharon un par de carraspeos y Santa sintió sobre él dos miradas de advertencia.

- Pasa, te estábamos esperando - dijo Sirius, esforzándose por no gruñir las palabras. Se notaba a leguas la incomodidad que sentía por la adoración que brillaba en los ojos de su ahijado y que era dirigida a Santa.

- Gracias - Santa entró arrastrando tras de sí un enorme costal de tela, obviamente lleno de regalos.

- ¿Quién es? - preguntó Ron.

- Uh... ¿Santa?

- Sabes a lo que me refiero.

- Déjalo así, Ron. Por el bien de Harry podemos sobrevivir esta noche sin tratar de averiguar quien es.

- Viéndolo de esa forma...

- ¿Qué quieres? - se escuchó de pronto la voz de Santa, ligeramente fastidiada. Ante él se había plantado Pelusa, que lo miraba fijamente. Como la kneazel no parecía tener intenciones de moverse, y a Santa le urgía llegar al comedor para entregar los regalos y largarse inmediatamente después, la rodeó. Con todo y costal.

Por cierto, Harry iba detrás de él, brincoteando, y de vez en cuando se regresaba para jalar a Sirius o a Remus. El niño se veía tan feliz que Sirius decidió que valían la pena todas las molestias ocasionadas.

- Pelusa... oye, Pelusa... - Ethlinn le pegaba con la cabeza a la gata, que no se movía -. ¿Hola?

- El trauma debió ser demasiado fuerte para ella - comentó Riordan.

- ¿Tú crees? Yo pensé que sabía...

- Recuerda que ella no entiende ni humano ni parseltongue. Y también que no tenemos que decirle nada al amo.

- Sí, sí, me acuerdo
- Ethlinn continuó sus intentos de hacer reaccionar al catatónico felino -. Pelusa. ¿Pelusa? ¡Pelusa!

Santa dejó el costal a un lado de la puerta del comedor, la abrió y procedió a sacar los regalos. La mayoría eran para Harry, pero también había uno para el resto de los presentes.

- Lo está haciendo bastante bien, ¿no crees? Un poco tieso, pero bien - murmuró Remus al oído de Sirius.

- Sí, supongo que sí - suspiró el animago.

- Te dije que había más en él de lo que muestra.

- ¿Ahora lo admiras?

- ¿Celoso?

- Lo discutiremos más tarde - concluyó Sirius en tono bastante significativo.

El reparto de regalos estaba a punto de terminar. Sólo faltaban Ethlinn, Riordan, Ceilin y Pelusa. Harry fue por las serpientes, que se habían quedado en el recibidor. El niño regresó con los reptiles pegados a los talones y cargando un gato del todo rígido. Parecía una pequeña momia.

- Dice Eth que Pelusa se quedó así de repente.

- Permíteme - Remus tomó al animal y lo puso sobre una mesa. El resto de los adultos rodeó al licántropo y a la kneazel.

- ¿Llamo a un veterinario?

- A esta hora no hay ninguno de guardia.

- Permítanme, estoy seguro que...

Todo ese ruido de voces hizo reaccionar a la gata. El felino soltó de pronto una serie de espasmódicos maullidos. Cualquiera hubiera dicho que sufría de un ataque de risa histérica.

- ¡Está viva! - gritó Harry -. ¡Pelusa está viva!

- Por lo menos ya reaccionó...

- Mañana mismo la llevo con un veterinario. No me importa que no trabajen - dijo Sirius antes de que Remus pudiera interrumpirlo -. Tumbaré la puerta si es necesario.

- Pelusa da miedo - murmuró Ron.

- Y que lo digas, Weasley - replicó Santa, colocando rudamente en las manos del pelirrojo en cuestión la caja que contenía su regalo.

Y fue entonces que Ron lo reconoció.

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(Continuará...)



Generalidades al respecto del cuento de Chibi!Harry: Antes que nadie pregunte: sí, me lo "inventé" tomando los elementos más clásicos/clichés de los cuentos de hadas tradicionales. Más detalles a quien guste preguntar o.o
Sobre los grados de dificultad de las pruebas: Sí, ya sé, de extremadamente fácil a prácticamente imposible. Pero era una bruja mala, ¿qué esperaban? 0=) Además, es de conocimiento común (creo) que mi musa es una ebria perdida u.u Así que me niego a aceptar responsabilidad con respecto a sus actos o.ó
Sobre la mosca: Ver punto anterior.



Ah, y Feliz Navidad retrasada a ustedes también ^^